En la navidad.
La primera tormenta de invierno arribó en diminutos copos de nieve. Al paso de las horas se acumuló sobre el piso, en los techos de las casas y en las copas de los árboles. Un gran manto de blanco impoluto dominó el lugar.
Un joven se encontraba en los dormitorios estudiantiles de la universidad. Miró por la ventana. Paseo su vista por el entorno externo. Sintió alegría.
-Llegó la navidad –exclamó. Instantáneamente su mente voló hasta su casa paterna, en recuerdo.
Pensó si debería visitar a su familia. Se mantuvo inmóvil. Sin encontrar una respuesta. Pero después dijo:
-¡No! No tengo tiempo. Hay mucho material que estudiar en estas vacaciones. Además es un viaje largo. El clima está difícil.
Después de convencerse que quedarse era lo correcto. Buscó su guía de estudios y revisó.
-¿Tengo que leer ochocientas cincuenta seis páginas? –suspiró-. Más vale comenzar de una vez. Abrió el libro. Inició el estudio. Cuando un olor le llegó de la vecindad. Era el cocimiento de la tarta de manzanas. Sintió deseo de vivir la navidad. Exploró la posibilidad de ir.
-Es un viaje largo. En tren no tanto, pero en autobús si lo es. Pero puedo llevarme los libros y estudiar en el camino. ¡Qué bien me caería un trago de brandy en familia! Podríamos charlar. Contarnos lo último acontecido. Es solo una vez al año. Pero las estaciones de trenes y las terminales de autobuses deben estar repletas. Ya es bastante tarde. Caviló por unos momentos.
-¡Iré! –quiero pasar la navidad en mi hogar. De inmediato arregló un equipaje ligero. Se abrigó. Salió al pleno frío. Se encaminó hacia la estación de trenes. Compró el tiquete. Embarcó el vagón. Y lleno de excitación inició su viaje improvisado. Horas pasaron y otras también más, antes de arribar a su pueblo natal. Bajándose del taxi enfrentó a su casa. Se quedó mudo. Solo contemplándola. El techo cubierto de nieve, el jardín no se veía era solo un manto blanco. Las ventanas encendidas. El humo de la chimenea escapando hacia el cielo. Tocó la puerta, pero estaba abierta. Entró. Y encontró a su familia reunida.
-Hola –gritó emocionado. Varias caras voltearon sorprendidos. En tropel vinieron hacia él. Le abrazaron al unísono, en un abrazo grande y amoroso. – Viniste. Te esperábamos. Riendo y algunos con ojos brillantes.
Divisó la mesa familiar con la comida. El pavo con salsa de arándanos, el ponche de huevos que lucía tibio, la tarta de manzanas y pilas de galletas de jengibre. Todo olía a pino. Los leños crepitaban en la chimenea.
-¡No hay nada como el hogar! –murmuró con el corazón pleno de dicha.

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